Ultra Japón ha prohibido los mosh pits a tan solo unas horas de dar inicio a su edición de este año, que se celebra los días 19 y 20 de septiembre en el Tokyo Odaiba Ultra Park. La decisión es, sin duda, cuanto menos llamativa teniendo en cuenta la cultura de saltar, bailar, rozar, chocar y compartir que caracteriza a nuestro público. Además, han especificado que otras prácticas como el crowd surfing tampoco estarán permitidas dentro del recinto.
La norma no deja demasiado espacio para interpretaciones. La propia FAQ oficial de Ultra Japón señala que el moshing está «estrictamente prohibido», mientras que el aviso difundido en redes endurece el mensaje al recordar que quien no respete las instrucciones del personal puede ser expulsado sin derecho a reembolso: «Cualquier persona que no respete las instrucciones del personal podrá ser expulsada del recinto. En tales casos, no se realizará ningún reembolso. ULTRA JAPAN no se hará responsable de ninguna lesión o accidente derivado de actividades prohibidas, y cualquier incidente de este tipo deberá resolverse entre las partes implicadas».
Está claro que no todos los géneros y subgéneros de la música electrónica dan pie a un contacto tan frenético, pero si algo nos ha caracterizado siempre, es defender la libertad de expresarnos y hacer comunidad en la pista. Puede que los europeos seamos más extrovertidos o incluso brutos, si se permite la palabra, que los asiáticos en este sentido. Pero prohibir una forma de baile que es identidad y cultura dentro de la electrónica parece un tanto cuestionable.

Cuando bailar también significa chocar
A primera vista puede parecer una simple medida de seguridad. Y, evidentemente, existe una razón detrás de ella: un mosh pit implica carreras, empujones, choques y una intensidad física que puede terminar en caídas o lesiones (que no suele ser el caso) cuando se produce en una masa de cientos de personas.
Pero reducir la discusión únicamente a la seguridad sería quedarse en la superficie. Porque la música electrónica, especialmente en sus vertientes más contundentes, lleva años convirtiendo la pista en un espacio de expresión colectiva en el que saltar, sudar, rozarse, gritar o incluso chocar forma parte del baile. No ocurre en todos los géneros ni en todos los públicos, pero sí existe una parte de la escena que entiende ese caos controlado como una forma de comunidad.
Ultra Japón es, además, un festival especialmente propenso a que aparezcan este tipo de dinámicas por la propia naturaleza de su cartel. Sara Landry, Timmy Trumpet, WORSHIP (el proyecto conjunto de Sub Focus, Dimension, Culture Shock y 1991), ¥ØU$UK€ ¥UK1MAT$U o MADDIX representan distintas vertientes de la electrónica, pero comparten una apuesta por la intensidad: ritmos acelerados, drops contundentes, un gran despliegue de energía y sets pensados para provocar una respuesta física inmediata del público.
No significa que escuchar a estos artistas tenga que traducirse necesariamente en un mosh pit, pero sí resulta difícil separar su propuesta musical de una forma de baile más visceral y expansiva. Por eso, limitar de antemano determinadas expresiones corporales genera una contradicción evidente entre la energía que el propio cartel invita a liberar y los límites que la organización pretende imponer sobre la pista.

¿Europa contra Asia? El choque es algo más complejo
Sería fácil resumirlo diciendo que en Europa somos más extrovertidos, más físicos o incluso más brutos a la hora de bailar, mientras que en Asia existe una relación más contenida con el espacio público. Pero esa comparación corre el riesgo de convertir dos continentes enteros en un estereotipo.
La contradicción interesante está en otro lugar: Ultra exporta a Japón una cultura de festival nacida y desarrollada internacionalmente, pero esa cultura tiene que convivir con códigos locales de comportamiento, seguridad y convivencia. El resultado es una pista de baile global que no funciona exactamente igual en Miami, Madrid, Tokio o cualquier otra ciudad.
Y ahí aparece una pregunta incómoda. ¿Hasta qué punto puede un festival regular la manera en la que su público expresa la música sin alterar parte de la experiencia que vende? Nadie discute que la organización tenga que intervenir ante conductas realmente peligrosas. El debate aparece cuando se prohíbe de manera general una práctica que, para una parte del público, no es simplemente descontrol, sino un código compartido.






