Érase una vez al año un festival que hacía de la naturaleza su escenario y de la calidad de su sistema de sonido su cómplice. Un festival que ostentaba una comunidad fiel en constante crecimiento y había conseguido de la selección artística, cuidada y selecta, su seña de identidad. Érase una vez al año PARALLEL FESTIVAL.

La historia que venimos a contar tiene lugar mucho más cerca de lo que te imaginas, en algún lugar del prepirineo catalán, mucho más bello y sobrecogedor aún de lo que recordábamos. Sus protagonistas reescriben, celebran y danzan cada año un nuevo capítulo acompañados por sus seres más queridos y el mayor de los entusiasmos. El lugar del que os venimos a hablar florece y se desvanece cada año en época estival en estas montañas. A él solo llegan los más rápidos y fieles seguidores del Sonido de La Montaña y sus mejores amistades. Las memorias compartidas, recuerdos en forma de merchan y alguna discreta instantánea nos teletransportarán en el futuro a los pasados días 24, 25 y 26 de julio.

PROLOGE
Es viernes a las 18 h, estamos en el Port del Comte. Apresuradamente se ha formado ante nosotros un efímero asentamiento de nómadas melómanos procedentes de diversos lugares con diferentes lenguas y acentos. Se puede ver el brillo de la emoción en sus miradas. Cada independiente grupo escoge el ritmo con el que acomodarse y montar su campamento a lo largo de la ladera y aterrizar en el festival. Paral·lel empieza poco a poco a contar un cuento a un público adulto, diverso y experimentado. Puntalaberinto es una nueva-vieja amiga de estas montañas, de su sonido y de sus gentes. Su directo de sintetizadores modulares con grabaciones de campo es la banda sonora que recibe las primeras sonrisas, abrazos y reencuentros entre quienes se saludan o presentan por primera vez. Xiaolin robaba nuestros primeros estallidos en baile con un set que inició suave de bpms, con una ácida y psicodélica melodía protagonista, acompañada de elementos orgánicos que invocaban una atmósfera tribal. Acudimos abducidos por la llamada, posponiendo las tareas de campamento hasta nuevo aviso. La puesta de sol era inminente cuando el set de la DJ y productora aumentaba de velocidad. La oscuridad del techno seleccionado, de sonido elegante y austero de bajos profundos, despertaba la sensación intensa de los comienzos.



El camino de diez minutos hasta nuestra tienda es todo lo que nos ha separado del geodésico escenario emisor de esta historia y su implacable sistema de sonido FUNKTION ONE, indiscretamente reforzado respecto a anteriores ediciones, que se alzaba en dos altas torres como dos soberanos del sistema de sonido, que protegían el escenario y que han rugido lo que han querido. Ladera abajo desde el telesilla del Sucre, el estilo arquitectónico minimalista y geométrico tras las letras de PARAL·LEL se integra con el paisaje a la perfección. El crecimiento de esta edición es evidente. Somos más. Lo que nueve ediciones atrás comenzó como un encuentro de sibaritas y vanguardistas amantes de la música electrónica en busca de una localización idílica y de la coherencia narrativa que ofrece un único escenario, ha crecido progresivamente con la misma coherencia, autolimitándose en esta edición a unas 2500 personas, hasta consolidarse como un festival de electrónica de pequeño formato referente internacional, y una de las propuestas mejor valoradas por esta suerte de ‘nómadas musicales’. Este año, el público internacional supone un tercio del aforo total, habiéndose invertido los porcentajes con respecto a años atrás.

La oscuridad y su introspección llegaron con Refracted, curador y DJ residente del festival referente del sonido Parallel. Durante la inmersión a través de capas de techno hipnótico y mental, la pista rápidamente reconoció el track de James Ruskin “Work”, en lo que nos pareció una alquímica pócima de sonido poco previsible, de la que sigo intentando identificar el resto de componentes. Abstrayéndonos momentáneamente de la euforia colectiva, “Indecent” de Keith Carnal se volvió la reina del baile. Sin duda, podemos ‘poner el termómetro’ en las actuaciones de Refracted para definir el sonido personal de cada edición. Tal como se había pronosticado, con Dasha Rush el techno se encontró con lo inesperado. La oscura y enérgica atmósfera de la primera parte de su set desbordaba un sonido club que transgredía mi imaginario del festival. A medida que avanzaba, la sensación de que la artista trascendía cualquier encorsetado sonido conducía el set por múltiples y oscuros derroteros cada vez más experimentales, siendo la protagonista el rupturista set del viernes que llegó a su desenlace con un track armónico y caótico dominado por un solo de batería, “Stochastic Drift” del productor Sam Barker. Un comentado y arriesgado cierre que nos trajo imágenes del film independiente “Whiplash” a la cabeza, y evolucionó mi recuerdo a cinematográfico. Son las 3 a. m., la música ha acabado y hemos encontrado nuestro campamento gracias a una guirnalda de luces rosas que brillaban distintivamente en la oscuridad, y no sabemos quién puso ahí.


STORY
La energía de Parallel es sana y ligera. Estamos convencidas de que esto es en gran parte gracias a la elección de un itinerario que transcurre bajo la luz solar y que anima al descanso nocturno. Así que, tras siete reparadoras horas de sueño y una ducha, Jin Mustafa desperezaba nuestra mañana del sábado, seguido del live set de ISHQ. La estela del género ambient unía dos actuaciones absolutamente diferentes en formato y sonido, y evidenciaba la versátil paleta sonora de este. Estábamos desayunando café, fruta y bollería sentados a la sombra de las carpas dispuestas a lo largo de una pista que se revelaba más espaciosa este año, cuando el sol ya picaba y el cuerpo nos gritaba “¡HIDRÁTATE!”. Intentando posponer ese deseado primer trago a una cerveza fresquita, localizamos los puntos de agua, los mismos que el año anterior. Descartamos entonces sumarnos a la fila que formaba una cordillera de sedientos y pacientes asistentes, y atravesamos la pista de baile en busca del otro punto de agua localizado junto al taller de PARAL·LEL PLUS+, impartido por Befaco sobre “La integración de sintetizadores modulares en directos y DJ sets”. La interacción entre público y máquinas daba lugar a improvisados lives que animaban a marcar el ritmo; primero con un pie; ahora asintiendo con la cabeza. Sin percatarnos, ya estábamos moviendo los hombros con groove y celebrando algún sonido con la mano en alto. Y así, asistentes y organización se fusionaron al filo del baile, formando parte de lo mismo.

Con Mammo sucumbimos a la primera cerveza, que ya es hora. Durante un set rebosante de personalidad y de atmósferas orgánicas, el productor construía eclécticamente el viaje que guiaba el baile de una multitudinaria pista. Por aquí os dejamos “Qawwali” de Pinch y “Thaem Nue” de Arovane, dos temas de su elección en este set, como teaser de este viaje. La hora de duración del live de Shed fue tan inmersiva que el tiempo pasó sin pedir permiso. El personal sonido del productor, con ecos de electro electro y techno de Detroit e influencia dub, protagonizó una actuación melódica y narrativa. Con la producción propia bajo un aka diferente, “Signal” de Storm on Earth parecía celebrar la tendencia ácida de este capítulo. Entonces una energía decidida pero humilde llegó a la cabina. Es Zara. Ella fue la última en jugar con la luminosidad del house, pero reveló sus oscuras intenciones a su llegada. Fuimos teletransportados directamente a la adolescencia con “Goodly Sin” de Ben Klock. Y así, cómplices del diálogo entre luna y sol, se nos ocurrió esta metáfora para definir lo vivido, más allá de las etiquetas.



Caía la noche, y los últimos rayos de sol eran robados por las garras del bestial set de Reeko. La pista se convirtió en el tórax de una gigante montaña. El hipnótico sonido del productor desató una danza tribal a la que pronto sucumbimos. Entre la oscuridad industrial y paisajística con temas como “Unleashed” de Wata Igarashi y producciones propias como Energía Magenta, cargada de groove y pequeños detalles que impedían cesar la escucha y el baile. Y así llegamos al ecuador de lo que para nosotros fueron las seis horas de baile más intensas del festival. Ahora, ante nosotros, un veloz y eficiente técnico de sonido toquetea con precisión el equipo, adaptando la cabina al formato híbrido de otros dos monstruos: Sandwell District. Function y Regis devolvieron al patio de recreo a un público adulto y experimentado, sumido en un frenético baile. “¿¡Qué música es esta!?” gritaba uno de nuestros compañeros de pista con “El baile del San Vito” metido en el cuerpo. El techno industrial de Birmingham tiñó la montaña de manera sombría y despedía hasta mañana esta Story con el mítico tema de Liaisons Dangereuses, “Los Niños Del Parque”.


EPILOGUE
Es el último día. Son las once en punto de la mañana y estamos desayunando bajo la profesional pérgola de nuestros friendly neighbors, cuando el set de apertura, experimental y rítmico de Aiwa, se abre paso lentamente entre las tiendas de campaña o tepees del glamping; los punteos de guitarra sucedían al atmosférico dub. El set nos devolvía al sonido vertebral de la anterior edición, lo que nos resultó muy agradable. El directo de Sabla nos transmitía esta misma sensación desde nuestra tienda. Todavía lo recuerdo, estábamos terminando de almorzar un par de pizzas (iba a ser una, pero estaban absolutamente deliciosas) sentados sobre una paca de paja rectangular, cuando por primera vez vimos a Marie Pravda.


La DJ supuso un preciado descubrimiento para nosotros y, como curiosa que soy, puedo confirmar que también para gran parte de los asistentes. Su set: hipnótico, ácido y profundo, con elementos orgánicos y transiciones graduales que cargaban de misticismo el momento. Cerrábase así el telón del penúltimo acto. El principio del fin había llegado, cuando la emoción por la próxima edición nos devolvió con una fuerte bofetada al presente. La tristeza nos miró a los ojos momentáneamente al convertir en pasado lo que ahora estábamos viviendo. Luchando contra esta sensación, y escudados con la impresionante sucesión de selectos vinilos de Marco Shuttle, el encadenamiento de clásicos apresuró el final prematuro de nuestra cena, que, tras haber sido desenfundado “Destroy Him My Robots” de Anthony Rother, terminó abruptamente. Rumbo al meollo, desde la perspectiva escogida como escenario para la última cena, las mismísimas, y ahora solitarias, letras de PARAL·LEL, pudimos observar clarísimamente la mutación de la pista de baile en el gran pulmón latente de La Montaña. Confieso que un último whisky con cola de una alternativa comercial mallorquina nos acompañaba entonces. Una vez convertidos en células del incansable pulmón, impedimos que La Montaña se ahogase antes de tiempo; usando los últimos pasos de baile, dimos todo lo que nos quedaba, “que no es más que lo puesto”, parafraseando a una gran poeta.



Por último, lanzamos un zaghrouta a los personajes de este cuento que hacen parte de su experiencia el cuidado y mejora del festival del resto, como han sido el Punto Lila y su vecino puesto de Safe Party. Y esto ha sido una pequeña parte de un recuerdo que ya germinó un año atrás mientras nos enamorábamos cerca del telesilla, de todo a la vez. Pero eso es otro capítulo y ahora colorín colorado.
