El festival se sobrepuso a la cancelación de su primera jornada y nos regaló un fin de semana bien resuelto tanto en lo logístico como en lo musical

La temporada de festivales no empieza necesariamente en verano, sino cuando vuelves a pisar un recinto con una pulsera en la muñeca, una cerveza en la mano y la sensación de que algo arranca otra vez. El fin de semana pasado SanSan Festival regresaba a Benicàssim para seguir desempeñando ese rol de pistoletazo de salida que lleva ejerciendo ya varios años para muchos, aunque en esta ocasión empezó recordándonos algo tan básico como imprescindible: que antes de la música, va la seguridad.

A primera hora de la tarde del jueves, justo cuando acabábamos de llegar a la localidad castellonense, recibimos la noticia que nunca quisimos leer: la de la cancelación de la primera jornada del festival debido a las fuertes rachas viento de la zona que comprometían la estabilidad de las estructuras y suponían un riesgo para trabajadores, artistas y asistentes. Una decisión tan lógica como necesaria que, aún así, despertó algunas críticas. Y es que, lamentablemente, nunca faltan las voces que confunden festival con derecho adquirido. Pero basta con mirar atrás en la historia de los eventos para entender que aquí no hay margen para la duda. Siempre será mejor parar a tiempo que lamentar lo irreparable y, en ese sentido, la organización optó por la única opción posible.

Lejos de quedarse ahí, el festival supo recomponerse con rapidez y cierta habilidad. El pronóstico para el viernes y el sábado era muy favorable y la reubicación de parte del cartel en la segunda jornada permitió salvar algunos de los nombres más esperados, como los internacionales Of Monsters and Men o Love of Lesbian, estos últimos en plena despedida de los escenarios, en una gira de lo mas emotiva en la que cada concierto cuenta. También consiguieron acoplar dentro de la programación del sábado a Leo Rizzi y a Juventude y, si bien no estuvieron todos los que habrían hecho redonda la jugada, sí los suficientes como para ser algo más que reseñable.

Más allá de lo imprevisto, SanSan volvió a demostrar por qué funciona tan bien. Es un festival cómodo, bien dimensionado y con una organización que cuida tanto lo visible como lo que ocurre entre bambalinas. Incluso en una situación complicada como la vivida, la respuesta fue ágil. No es difícil imaginar el esfuerzo que debió suponer a nivel logístico, tanto para la organización como para los propios artistas, reajustando agendas, equipos y tiempos en cuestión de horas. Por eso, más allá del resultado, la intención ya es digna de agradecer.

En esa misma línea, uno de los aspectos más destacables fue la comunicación clara, constante y transparente desde el primer momento, algo fundamental cuando surgen imprevistos de este calibre. A ello sumamos la opción de solicitar el reembolso de la jornada cancelada, incluyendo la parte proporcional para aquellos que tuviesen abono, incluso de servicios asociados como el transporte. Estas acciones demuestran que detrás de SanSan hay una organización que responde y cuida al público.

A partir de ahí todo lo demás contribuyó a reforzar esa sensación de experiencia bien cuidada. El recinto, articulado en torno a dos escenarios principales que se alternaban con fluidez, un tercero que ampliaba la oferta y una carpa dedicada a los DJs, permitía moverse sin agobios y sin la constante frustración de tener que elegir entre muchísimas opciones imposibles de compatibilizar. A ello se sumaban servicios que funcionaron con eficacia, como las lanzaderas, facilitando unos desplazamientos que muchas veces marcan la diferencia en este tipo de eventos.

Pero más allá de la logística, el festival volvió a destacar por algo fundamental pero más difícil de medir: el ambiente. Gente con ganas de reencontrarse con la música en directo, de bailar y de volver a esa rutina tan poco rutinaria que son los festivales. Hubo algún desajuste puntual de sonido, probablemente condicionado también por el viento que marcó el inicio del fin de semana, pero en conjunto las sensaciones fueron muy positivas.

Y centrándonos en lo que realmente importa, en el plano musical SanSan volvió a moverse con soltura entre nombres consolidados y propuestas que merece la pena seguir de cerca. En la jornada del viernes, además del concierto de Love of Lesbian que hemos mencionado anteriormente, destacamos el de Rigoberta Bandini, que desplegó un show divertido y efectivo en uno de los escenarios principales, conectando con un público entregado a cada uno de sus himnos; así como el de La Casa Azul, quienes con esa electrónica luminosa y bailonga que les caracterizan volvieron a demostrarnos que son siempre una apuesta segura.

Debemos mencionar también a Guitarricadelfuente, quien actuaba en la ciudad que fue su casa. Fue un concierto especialmente significativo para un artista que ha pasado de escenarios pequeños a consolidarse como una figura internacional con presencia en grandes festivales y un reconocimiento que trasciende fronteras. Su propuesta, íntima pero cada vez más sólida en lo escénico, nos gustó, aunque quizá el horario no terminó de acompañar. En nuestra opinión habría funcionado mucho mejor en un momento más cálido del día, donde su música habría respirado con más naturalidad.

Pero el descubrimiento de la jornada fue,sin duda, Hoonine, encargada del cierre del escenario principal. Una propuesta emergente, interesante y a la que conviene no perder la pista que combina formato live con voz en directo y que apunta maneras dentro de un sonido cada vez más presente en el panorama.

En lo referente a la jornada del sábado no podemos pasar por alto la actuación de María Arnal, quien presentó su último disco en solitario ‘AMA’ con una puesta en escena muy cuidada, visual y envolvente. Una propuesta que se mueve entre lo orgánico y lo electrónico, con una fuerza escénica que refuerza su identidad artística y que demuestra que se trata de una artista a la que merece la pena seguir muy de cerca.

Pero si tuviésemos que definir la segunda jornada con una palabra esa sería frescura. Y es que, a nuestro parecer, los caballos ganadores de esta edición han sido propuestas que están renovando el sonido indie-pop desde dentro. Nos quedamos con tres de ellos: Samuraï, quien lejos de la imagen más melancólica que se le podría atribuir, sorprende con un directo enérgico y con garra; los extremeños Sanguijuelas del Guadiana con una emotiva oda a las raíces y a lo rural; y un sobresaliente Barry B que desató la euforia colectiva. Con sus respectivos escenarios a reventar incluso a altas horas de la noche, sus conciertos nos hicieron entender por qué cada uno de ellos, dentro de su estilo, está viviendo un gran momento.

El broche final perfecto llegó con el cierre de Alizzz en formato DJ set. El barcelonés firmó una sesión perfectamente pensada para el contexto, accesible, divertida y muy medida. Bases electrónicas combinadas con hits reconocibles y guiños al pop que funcionaron como cierre ideal para un festival que, sin ser eminentemente electrónico, sabe cuándo y cómo introducir estos sonidos.

Mención aparte merece el escenario ‘El Santuario’, una de esas joyas dentro del recinto que acaban complementando la experiencia y nos recuerdan algo que a veces se nos olvida entre tanta planificación. Y es que también merece la pena perderse un poco, dejar a medias un concierto o no llegar a ver a ese grupo que tenías apuntado, porque es precisamente ahí, en estos desvíos, donde se acaban generando algunos de los mejores recuerdos. Con estética de carpa de circo y un ambiente mucho más desenfadado, en ‘El Santuario’ hubo espacio para todo; desde sesiones repletas de house hasta momentos de puro petardeo o incluso algunos que superaron los 150 BPMs. Allí pudimos ver a DJs como Mondo Insonoro, Rocío Saiz o Dani BPM que nos regalaron momentos muy divertidos y pusieron de manifiesto que en SanSan también se viene a bailar sin demasiadas reglas.

De esta edición nos llevamos la moraleja de que en un festival es tan importante quien se sube a los escenarios, como todo lo que ocurre alrededor. Cómo se gestionan los imprevistos, la capacidad de adaptación y, sobre todo, la experiencia que se construye para quien esta al otro lado. Con su múltiples aciertos y sus muy pequeños fallos, SanSan sigue siendo una puerta de entrada amable, divertida y muy disfrutable de todo lo que está por venir. Y sobre todo, nos ha regalado algo mas valioso que cualquier cartel. Volvemos de Benicàssim con la sensación de verano adelantado (aunque aun toque abrigarse por la noche), de reencuentros y de noches largas bailando con amigos o con gente que no conocías hasta hace una hora pero con la que acabas compartiendo grandes momentos. Y eso es justamente todo lo que le pedimos a un festival.

Cris Pascual
Escucho música desde que tengo uso de razón y me lo bailo (casi) todo. En ocasiones veo BPMs.