El estadounidense superó las expectativas con un concierto intenso, provocador y mucho más sólido de lo que muchos esperaban en la Plaza de España
No era una noche cualquiera. Mientras miles de personas se dirigían a la Plaza de España para ver a Marilyn Manson, buena parte del país seguía pendiente de la semifinal entre España y Portugal. De hecho, durante los primeros minutos del concierto no era extraño ver a más de uno consultando el móvil para comprobar el resultado antes de guardarlo definitivamente en el bolsillo. Una vez España certificó el pase a cuartos, todos los focos se centraron en Manson.
La irreverente estrella de la música, a sus 57 años y después de una carrera marcada por la polémica, los excesos y varios años alejados de los focos, llegaba a Sevilla en una de las fechas más curiosas de Icónica Santalucía Sevilla Fest. Había quien dudaba de cuál sería su nivel sobre el escenario, pero la respuesta llegó pronto. Puede que el tiempo haya pasado para Marilyn Manson, pero todavía conserva esa capacidad para imponer respeto desde el primer minuto.
También bastaba echar un vistazo alrededor para entender la dimensión del fenómeno que sigue siendo. La Plaza de España se llenó de camisetas de Marilyn Manson o gente con la cara pintada, demostrando el fenómeno fan que tiene este artista. Pero también de otros grupos clásicos como Metallica, Iron Maiden, Slipknot o Korn. Una comunidad unida en este acontecimiento que no se suele ver mucho por Sevilla.

Musicalmente, el concierto fue una descarga constante de guitarras, distorsión, voces guturales y una puesta en escena donde Manson volvió a sacar a relucir ese personaje inquietante que le ha acompañado durante toda su carrera. Tampoco faltaron algunos de sus gestos más característicos. Entre canción y canción era habitual verle escupiendo sobre el escenario, una imagen que forma parte de su manera de entender el espectáculo, aunque para más de uno (entre los que nos incluimos) resulte bastante desagradable. Es lo que tiene ser un rockstar.
Uno de los momentos más impactantes de la noche llegó con ‘Tourniquet’, probablemente la interpretación donde mejor se entendió esa mezcla de teatralidad, oscuridad y provocación que siempre ha definido al artista estadounidense. Tras un amago de abandono, Manson volvió con unos zancos gigantes y caracterizado solo para este tema que se convirtió en una de las grandes actuaciones del concierto.

Al igual que otros dos momentazos, las versiones más icónicas de toda su carrera. ‘Sweet Dreams (Are Made of This)’, el tema con el que conquistó al gran público a mediados de los 90, volvió a sonar tan contundente como siempre, mientras que ‘Personal Jesus’, de Depeche Mode, puso el broche perfecto a un repertorio que combinó clásicos con canciones de su etapa más reciente sin que el ritmo decayera prácticamente en ningún momento.
Al terminar el concierto entendimos la magnitud de una figura como Marilyn Manson, que sigue manteniendo intacta esa personalidad imposible de ignorar. Quizá ya no sea aquel artista imprevisible que revolucionó el metal en los años noventa, pero sí continúa siendo uno de esos nombres capaces de transformar por completo el ambiente de cualquier festival.






