La atmósfera en las afueras de INPUT High Fidelity Dance Club ya anticipaba que no sería un sábado cualquiera. No se sentía la urgencia del big room, sino esa paciencia expectante del que sabe que va a presenciar algo abstracto. Al entrar, el sistema Funktion-One ya susurraba lo que estaba por venir, los artistas locales Hitch y el B2B de Alex y Alvaro Medina, habían dejado la pista, preparando el lienzo para el maestro.

Cuando Ricardo Villalobos se plantó tras la cabina, el club cambió de piel. Hubo una explosión de energía obvia, y una transición hacia ese sonido que tanto conocemos que es su marca registrada. Ricardo no pincha música, la deconstruye en tiempo real, quedó demostrado. Verlo abrir la maleta y manejar los vinilos como el lo hace es asistir a una clase de cirugía acústica. Con una copa en mano y esa sonrisa tan característica, Villalobos jugaba con los discos como si estuviera ajustando la presión de una caldera a punto de estallar, pero que nunca llega a romperse. Sus transiciones creaban un bucle infinito: daba la sensación de que pinchaba varios vinilos, pero manteniendo siempre la esencia de un mismo ritmo que nunca dejaba de rotar. Fue una emoción total.


Lo que hace especial a la propuesta Ricardistas es el público. En la penumbra de INPUT, a sala llena, porque ya no entraba un alfiler no abundaban los teléfonos encendidos; lo que había era un trance colectivo. La cercanía que permite el club transformó la sesión en algo íntimo, casi privado. En los puntos más experimentales de la noche, el sistema de sonido permitió captar hasta el último click de sus discos, esos detalles que en una noche se pierden en el viento, pero que aquí eran los protagonistas.

Hacia el final de la madrugada, la sensación era de agotamiento mental y físico, pero de una satisfacción extraña. Villalobos cumplió la promesa: redefinir los límites. No fue una sesión fácil, ni pretendía serlo, fue un viaje exigente, lleno de curvas sonoras y texturas complejas que solo un arquitecto del sonido como el puede sostener durante horas sin perder la atención de su audiencia, porque Ricardo estaba muy concentrado en su sesión, jugó con loops que parecían no terminar nunca, variándolos tan sutilmente que, cuando te dabas cuenta, el track había mutado completamente.

Hubo pasajes donde la música rozó lo no legible para un oído no entrenado, con ritmos rotos y atmósferas del jazz más experimental. Todo cobraba un sentido absoluto en la genialidad de un hombre que, a estas alturas, ya no sigue reglas porque él mismo las inventó. Para los amantes del digging, la sesión fue un festín de rarezas de sellos como Perlon o Sei Es Drum, jugaba con las capas de sonido de forma tan densa que, por momentos, parecía que había tres platos girando a la vez.

Hacia el final de la sesión, la sala pedía un track más, y el lo hizo. Cuando las luces finalmente se encendieron, la expresión en los rostros era de una extraña lucidez: la sensación de haber regresado de un viaje largo, como a los que estamos acostumbrados a escuchar. La noche de Ricardistas, no fue solo un evento, fue una reafirmación de que la electrónica puede ser un arte intelectual sin dejar de ser tan profunda. Ricardo Villalobos no vino a poner música, vino a recordarnos que el sonido es una materia moldeable y que, en las manos adecuadas, la noche puede convertirse en el epicentro de un universo paralelo. Ahora la pregunta es, ¿dónde será el próximo venue que voleremos a cruzar al artista?