Por Josep Anton AC
Fin de semana carnavalero en la Ciudad Condal. Mis pintas eran mundanas, pero el espíritu estaba excitado por lo que venía por delante. No todas las noches se vive una »primera vez», y aunque asistir a Nitsa no tenía nada de novedoso para mí (pese a ser la primera visita del año, uno se siente tan familiarizado que parece que apenas hayan pasado un par de semanas desde la última), sí que sería mi primer baile con uno de esos DJs que tenía en un altar.
Con una sonrisa de oreja a oreja entramos poco después de la 1 a. m. y dimos la vuelta protocolaria por la planta baja con la primera cerveza en la mano. Durante esa noche, cada cabina sería compartida solamente por dos selectores. En la inferior, Arnau Obiols dio la bienvenida a quienes se estaban tomando la primera (o al menos dentro del club) con una dosis de house que nos ayudó a entrar en calor y sirvió de sparring perfecto para la locura que estaba por venir.

Con la cháchara ya hecha en la sala de fumadores, subimos al teatro de la electrónica justo a tiempo para toparnos con el descubrimiento de la noche (y probablemente de lo que llevo de año, como mínimo). D.N.S, con su hilarante camiseta luciendo un “not bad for a woman”, firmó uno de los grandes highlights de la velada. Tras dos horas de sesión, afrontó la última con actitud de headliner, consciente del reto que suponía su relevo. Repartió breaks, electro y bass con naturalidad de hora punta y sacó un arsenal que hizo gozar a toda la sala. Tal fue el nivel que por momentos parecía olvidarse de que el plato fuerte aún estaba por venir, algo que corrigió en los últimos minutos rebajando ligeramente la intensidad para allanar el terreno al invitado principal.

Pasadas las 3:05 a. m., tocaba ponerse serios. Un británico alto con pinta de profesor de instituto llegó a la cabina con una tímida sonrisa, sabiendo que le tocaba dar cátedra. Ben UFO se posó bajo el foco y cedió una merecida ronda de aplausos a su antecesora mientras, enganchando su último track, trataba de descifrar cómo retomar el hilo sin bajar las revoluciones (no era tarea fácil). Bajó solo un poco los BPM y marcó territorio desde el primer tema: bombo a negras, groove sólido y una atmósfera sutilmente cibernética reconocible incluso con los ojos cerrados.

La sesión arrancó sonando a peak time, coherente con la hora de la noche aunque demasiado tempranero en el arco narrativo de sus sets. La primera mitad fue divertidísima, tanto por la selección de bangers (de los breaks al hard groove, con marcada influencia británica) como por la precisión técnica que sostiene su reputación. No nos despegamos del bombo hasta hacer una pausa para bajar a reunirnos con unos amigos más afines al house que sonaba en la otra sala. Al arrastrarlos hacia arriba después de bailar un rato al ritmo de Michael Mayer, la sensación era distinta: una versión extremadamente percusiva del Facilita de Fred again.. Y Caribou funcionó como carta de presentación para los recién llegados… y, desde ahí, el viaje empezó a desviarse de las expectativas.
Con el paso de los minutos, daba la impresión de que el set buscaba dirección entre cambios bruscos de narrativa (eso sí: siempre ejecutados con técnica impecable). Cuando el groove parecía asentarse, irrumpían ritmos rotos que quebraban el estado hipnótico de la pista. La selección musical seguía siendo de primer nivel, pero quedaba la sensación de que la artillería se había utilizado demasiado pronto tras un warm-up especialmente alto, obligando después a una reconstrucción menos fluida de la energía.

Aguantamos hasta las 5:15 a. m., en un momento dulce en el que quienes seguían en pie bailaban ya a ritmos acelerados, con una paleta entre lo groovero y lo meloso. Pero el Red Bull no bastó para ver encenderse las luces de la sala.
Nos fuimos a casa con un sabor inevitablemente agridulce. Las expectativas eran altísimas, como suele ocurrir con artistas que gozan de respeto unánime dentro de la escena. Hubo momentos brillantes, euforia compartida, bastante UKG muy bien recibido y más de un Shazam exitoso. Y, sobre todo, nos llevamos un descubrimiento inesperado como D.N.S, rodeados de un público que sabía perfectamente dónde estaba y a qué venía. Porque, incluso en noches con curvas, salir de un club con la sensación de haber vivido algo real sigue siendo la mejor prueba de que el clubbing, pese a celebrarse en lugares de gran popularidad, puede mantener su pulso si la pista y la música van de la mano.






